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La memoria de Garzón

No me he equivocado. No me faltan preposiciones en el título. No pretendo escribir en memoria ni a la memoria de nadie. Aclarado esto, me gustaría disculparme: por no haber escrito esta entrada a tiempo; por no tenerla preparada, incapaz como he sido siempre de prever los acontecimientos futuros y limitarme a esperar el desenlace feliz de cualquier cuento.

La memoria de Garzón es la que a mí me ha faltado. Y no la he echado de menos. No por aquello de que hay que cerrar heridas. Sólo porque en mi familia no hay víctimas del franquismo. Mis bisabuelos sobrevivieron casi todos a la guerra. Los que no lo hicieron no fallecieron de muerte, sino de vida, de vivir.

Mi bisabuelo Ángel, al que siempre llamé yayo por no contradecir a mi madre, era del norte, de Cantabria, como su mujer, la yaya Gloria. Tenían tierras y vacas. La yaya parió cinco niños y dos niñas, y mi abuela, que fue la segunda o la tercera, mamó hasta los cuatro años, subiéndose a una sillita para alcanzar el pecho de su madre cuando ésta dijo que ya era muy grande para cargarla a la vez que la alimentaba.

Sus tierras verdes y apolíticas colindaban con tierras no tan verdes y más fascistas cuyo propietario acusó de rojo a mi bisabuelo. Entonces, como es de esperar, como ocurrió en muchas casas, llegaron los hombres del nuevo régimen y se llevaron a los padres y a uno de los niños, el pequeño, Ángel, que era aún lactante de verdad y no por glotonería como mi ascendente, a prisión.

A la yaya la dejaron salir más o menos pronto. Al yayo Ángel le sacaron todos los días de casi tres años al patio, contra el paredón, para escuchar la frase llena de sorna: —caramba, Ángel, qué suerte has tenido, que nos hemos quedado sin balas. Pero tú casi te cagas, ¿eh?— Pero, como he dicho no hemos llorado en casa ninguna víctima del Franquismo.

Después les desterraron a Zaragoza dónde pasaron hambre hasta que lograron colocar a varios de sus hijos repartidos entre las casas de la familia. A mi abuela le tocó irse Madrid, a casa de su tía, a hacer de señorita de compañía o de sirvienta, cada cual escoja la versión que prefiera que yo he oído ambas y al final me resultan iguales, donde aprendió a hablar el castellano sin acentos, aunque nunca dejó de usar el condicional simple del indicativo en lugar del pasado del subjuntivo, y a vitorear el paso de los soldados en los desfiles.

La yaya tenía unos ojos preciosos, de esos sombríos que tanto gustaban entonces, al estilo de Greta Garbo. El alcalde la acusaba a menudo de llevar maquillaje en ellos y hacía apuestas con sus amigos que terminaban en la obligada prueba del algodón: la yaya se pasaba un pañuelo por los párpados para que los hombres pudieran ver que lo suyo era natural.

Como digo, nada grave; sin víctimas. Pese a que mi yayo, el de verdad, el padre de mi padre, trabajase como un burro a cambio de un sueldo miserable; que mi padre no aprendiera a hablar catalán; que la secreta le sacara de casa a las tres de la madrugada, cuando yo ya existía, porque alguien confundió su escopeta de perdigones con un arma peligrosa cuando la sacaba del maletero y le diesen, durante varias horas, el trato que sólo recibían, ya entonces, terroristas.

Y es que uno puede temer por su vida, o temer la que le toca pero, sin víctimas parece que no hay nada que lamentar.

Por eso escuché siempre estas historias como quien escucha anécdotas ocurridas en países remotos. Como si hubieran tenido lugar en el Congo. Como si nunca más pudiera volver a ocurrir.

Y lo de Tejero no cuajó. Y la derecha española sabe que ha de ser descremada si quiere pisar la Moncloa. Y hace tiempo que ya ni si quiera temo a la Benemérita, que ya ni resulta gracioso el insulto que tan amigos fuimos muchos españoles de proferir.

Y así es como uno olvida, con cada losa en su sitio; cada losa sobre cada muerto. Un epitafio en cada losa.

Con eso y con saber que no volverá a ocurrir. Tal vez en el Congo, pero no aquí. Que no morirán más Lorcas ni Hernández, ni alcaldes rojos, ni maestros, ni gentes que opinan, sea cual sea su opinión.

Por eso y porque siempre he creído en la justicia, porque me crié en ella y en la seguridad de su prevalencia. No sé… Como en las pelis, que al final siempre ganan los buenos y todo eso que, si bien es un truco de Hollywood, existe sólo porque los guionistas nos dan lo que les pedimos, ¿no?

Me pareció pues, y qué coincidencia que acababa poco antes de leer El Corazón Helado, de Grandes, cuando Garzón se decidió a pedir explicaciones al régimen franquista, a redimir a sus víctimas, las de verdad, las muertas, y las morales, como las mías, que sólo te escuecen en los por qués, que buscaba ese final feliz, porque señores de Manos Limpias, ¿cuándo es la muerte un final digno de una historia?

Y ahora que todo ha acabado mal, parece florecerme la memoria. Me siento víctima por primera vez, ya que por primera vez soy testigo de agravios, por primera vez de verdad veo que no ganan los buenos. Y fíjense que hasta ahora ningún compatriota mío me había parecido inmoral, sino sólo distinto en filiación política. Y, claro, no puedo dejar de preguntarme que haré ahora con la memoria de Garzón sin la esperanza de la justicia.

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